3.11.11

círculos rojos

Pensé en escribir la historia de mi familia recurriendo a los almanaques, pero el vacío en torno al círculo rojo no me permite despegar. No sé bien si la textura, si el circulo rojo sobre el número negro, o lo que veo más lejos, pero el caso es que nunca me animé a preguntar. Tenía miedo de quedar pegado en algún misterio familiar.

Las mujeres, todas las mujeres escribían en los almanaques, no sólo las visitas al dentista en verde o las tinturas a rehacer en violeta, sino también los cumpleaños y las muertes con lápiz negro. Para todas las fechas había algún asterisco explicativo. Cuando murió Vicente al borde del almanaque, escrito con letras pequeñas y desparejas casi ilegibles, aún hoy se lee “deceso de tío” y yo sé que se trata del tío Vicente. Cuando nació Martita quedó escrito en el almanaque del año 1960 “natalicio de Tita”. En cambio los círculos rojos no tienen ninguna explicación, es más, hasta imagino que se trata de algo especial que aunaba a las tres, a mi mamá, a mi hermana y a mi tía. Me distraen y no puedo terminar de embolsar lo poco que queda en la casa, algunos libros, unos pocos vestidos ya apolillados y estos almanaques que arrugados de recuerdos vuelven como en una pesadilla.

Estos círculos rojos me hacen recordarlas parloteando mientras preparaban la comida, lavaban, o simplemente escuchaban la radio. Me trae también mi propia imagen con ganas de saltar gritar o patear, pero cediendo, dejándome peinar por María Luisa o aceptando de mala gana probarme ropa para que mamá tome sus medidas cuando necesita un “varoncito” de maniquí infantil y yo haciendo pucheros pidiendo que no me pinche con sus alfileres y ellas riendo y hablando de cosas que a mí no me importan., o no entiendo por que son siempre cosas de mujeres.

Los círculos me interrogan, reprochan mi ausencia, se enojan, se ponen más rojos y, al rato, en un vaivén de emociones violentas estoy dentro del círculo mirándolas, como cuando tenía 6 años. Hasta que, atrevido, yo encierro el día de hoy, 20 de Septiembre con fibra roja y no puedo dejar de llorar.

Graciela Lasarte

13.10.11

Qué es la literatura.

Qué es la literatura.
Para qué sirve para mí

Pienso que la literatura es el efecto de un encuentro donde convergen
ideas, sensaciones, fantasías, recuerdos transformados, marcas o huellas de la
vida de cada escritor. Él me cuenta lo que le resulta interesante, aunque no me
convence decirlo así porque entonces la obra se deslizaría a una transformada
biografía del escrito Tal vez cada obra es el desciframiento de una confesión
o el lugar en el que lo íntimo adquiere innumerables traducciones, perturba,
incita, rechaza.

Con ciertos autores es posible descifrar su lazo con los sentimientos
memoriosos, donde confluyen infinidad de efectos sin censura ni moral,
aunque la literatura pide, imperiosa, el efecto estético en lo producido. Por lo
dicho, pienso en el acto literario como un espacio que está dado, pero es el
lector el que lo inaugura a la manera de un espía

En mi casa había libros vedados. Ahí la literatura se transformó en algo
que albergaba lo prohibido. “No es para tu edad” me decían cuando pedí
Rayuela y negociaron con Todos los fuegos el fuego del que sólo debía leer
Señorita Cora. Leí todos, a escondidas y lo prohibido dio paso a lo inesperado.
Ahí la literatura se transformó en misterio y por alguna razón desconocida,
imaginé que los que hacían literatura fueron y siguen siendo confidentes, es
decir lectores.

La literatura me atrapa porque trabaja a contrapelo de lo depurado o
lo correcto. Hundirme en la marcas indelebles de cualquier vida escrita sin
vanidades, ausentes de heroísmo, agitadas o insistentes, revelan lo que el
escritor imprime en su singular combinatoria de palabras.
En la literatura, a un universo banal el escritor lo convierte en mirada
novedosa, lo obsceno puede tomar el camino de lo bello, lo que parece nimio
es un disfraz hecho a medida por el autor que viste un texto a descifrar, lo
marginal puede transformarse en un camino deseado.

Por eso los nuevos desvíos que va tomando la literatura la sitúan como
una unidad de existencia que representa la diversidad en el ser-autor.
Para que la literatura sea no debe ser conservadora, es necesario que se
revele como transformadora. En ese sentido se me ocurre ubicarla en un
espacio único que guardaría en su centro la imposibilidad de morir.

María Catino

23.5.11

propiedades de un buen texto

¿Se pueden resumir las propiedades que debiera tener un texto literario para que lo consideremos bueno?

Sin pretender ser exhaustivos, van algunas de las ideas que surgieron en el taller.

Un buen texto:

  • Te invita a seguir leyendo desde el principio.
  • Te cuenta una buena historia.
  • Permite que te identifiques con sus personajes, ya sea por cercanía o rechazo.
  • Hace que te detengas en un buen párrafo, que seguro volverás a leer.
  • Te inquieta, te moviliza, pone en alerta tu inteligencia o emociones.
  • Te sorprende.
  • Tiene puntos de quiebre.
  • Es osado, desafía los límites.
  • Pone en palabras emociones o intuiciones de difícil traducción.
  • Tiene un subtexto.

Y coincidimos todos en que un buen texto, para quienes además de ser lectores nos gusta escribir,

· es inspirador, movilizador.

alimenta el deseo de seguir escribiendo.

LA MARCELA de Patricia Feldman

(versión corregida)

Parecía tan calladita, tan tímida… Por eso me animé a traerla conmigo pero resultó ser una mosquita muerta. Le dimos la piecita del fondo. Se la pintamos de rosa para que se sintiera bien, le armamos un ajuar para que tuviera qué ponerse. Daba, lástima con su valija - una bolsa descolorida con dos bombachas y algunos trapos viejos. Me rogó que la trajera, que se iba a portar bien, la yegua y empezó a trabajar conmigo. A mí nadie me dio una mano. Cuando volvía a mi casa me daban vuelta la cara, hasta que no pude más y me fui. Inventé mi propia familia: las chicas. No quería que ella tuviera que pasar por lo mismo; tendría que haber dejado que se pudriera ahí. Al principio andaba con la cabeza gacha, ni se animaba a mirarle la cara a los clientes que yo le conseguía pero con el tiempo fue ganando confianza, con ese jueguito de virgencita tímida que le hacía a los tipos. Empezó a conocer el barrio, a conseguir clientes sola, a arreglar su pieza, a juntar plata para ponerse tetas. Eso sí se hacía la boluda a la hora de limpiar el baño que compartíamos, no quería romperse las uñas. Un día me avisó que se operaba, con esa cara de guanaca que había echado, que se ponía las tetas, con el cirujano de la Pocha. La mire con odio. No sabía que la Pocha tenía un cirujano, le dije. Cuando se recuperó convenció al dueño que le diera la pieza de adelante, ahora con las tetas voy a trabajar más, le dijo. Se había convertido en algo que los hombres ansiaban, una mina calladita, con un buen par de tetas y un terrible facón entre las piernas. Nos miraba a todas con desprecio y ya no salía a buscar clientes a la calle, los tipos venían a su pieza. Las chicas me odiaban. Me lo tenía merecido. Se había vuelto la reina de la pensión. Ya no tomábamos mate juntas en el patio, no hablábamos de pilchas ni de machos; sólo la yegua era tema de conversación. Hasta que nos reunió para decirnos que se iba, que se había puesto de novia con un diputado, que el tipo estaba loco con ella y le iba a poner una casita en Colegiales. Entre risas le dijimos que a todas, alguna vez, nos habían prometido lo mismo. El sábado a la mañana un auto oficial vino por la Marcela. Apareció hecha una diosa, tiró un par de besos, me agradeció haberla traído y se subió con la valija Luis Vuiton trucha al auto oficial. Salimos a la vereda a verla partir, nos miramos calladitas y entramos a tomar mate y pintarnos las uñas, como antes. La paz había vuelto al country.

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