Parecía tan calladita, tan tímida… Por eso me animé a traerla conmigo pero resultó ser una mosquita muerta. Le dimos la piecita del fondo. Se la pintamos de rosa para que se sintiera bien, le armamos un ajuar para que tuviera qué ponerse. Daba, lástima con su valija - una bolsa descolorida con dos bombachas y algunos trapos viejos. Me rogó que la trajera, que se iba a portar bien, la yegua y empezó a trabajar conmigo. A mí nadie me dio una mano. Cuando volvía a mi casa me daban vuelta la cara, hasta que no pude más y me fui. Inventé mi propia familia: las chicas. No quería que ella tuviera que pasar por lo mismo; tendría que haber dejado que se pudriera ahí. Al principio andaba con la cabeza gacha, ni se animaba a mirarle la cara a los clientes que yo le conseguía pero con el tiempo fue ganando confianza, con ese jueguito de virgencita tímida que le hacía a los tipos. Empezó a conocer el barrio, a conseguir clientes sola, a arreglar su pieza, a juntar plata para ponerse tetas. Eso sí se hacía la boluda a la hora de limpiar el baño que compartíamos, no quería romperse las uñas. Un día me avisó que se operaba, con esa cara de guanaca que había echado, que se ponía las tetas, con el cirujano de la Pocha. La mire con odio. No sabía que la Pocha tenía un cirujano, le dije. Cuando se recuperó convenció al dueño que le diera la pieza de adelante, ahora con las tetas voy a trabajar más, le dijo. Se había convertido en algo que los hombres ansiaban, una mina calladita, con un buen par de tetas y un terrible facón entre las piernas. Nos miraba a todas con desprecio y ya no salía a buscar clientes a la calle, los tipos venían a su pieza. Las chicas me odiaban. Me lo tenía merecido. Se había vuelto la reina de la pensión. Ya no tomábamos mate juntas en el patio, no hablábamos de pilchas ni de machos; sólo la yegua era tema de conversación. Hasta que nos reunió para decirnos que se iba, que se había puesto de novia con un diputado, que el tipo estaba loco con ella y le iba a poner una casita en Colegiales. Entre risas le dijimos que a todas, alguna vez, nos habían prometido lo mismo. El sábado a la mañana un auto oficial vino por la Marcela. Apareció hecha una diosa, tiró un par de besos, me agradeció haberla traído y se subió con la valija Luis Vuiton trucha al auto oficial. Salimos a la vereda a verla partir, nos miramos calladitas y entramos a tomar mate y pintarnos las uñas, como antes. La paz había vuelto al country.
23.5.11
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