7.1.10

AM

MI MAMÁ ME MIMA
Sofía Wilhelmi

Mi mama era muy linda. Parecía más joven de lo que era. Pero no era una pende vieja. Era una mujer hermosa. Insoportable, pero hermosa.

Todas mis amigas morían por que las invite a mi casa a la pileta. Pero no sólo por eso, también para poder tomar la leche que nos preparaba mamá. Siempre en bikini y olor a bronceador de coco, ella las recibía con meriendas increíbles. Mi papá viajaba mucho por trabajo, y le traía algunos ingredientes que hacían sus meriendas inigualables. Servía, entre muchas delicias, licuados hechos con pulpa de frutas exóticas de Brasil, te-fríos con hebras alemanas y, por supuesto, sus galletitas navideñas. En noviembre empezaba a cocinar, preparaba tuppers enteros de galletitas que mi hermano y yo teníamos que decorar con glasé de diversos colores. Cada uno de nuestros amigos tenía sus favoritas: las florcitas de manteca con frambuesa, o las de coco y hostia, las de almendras acarameladas o mis adoradas lunitas con azúcar impalpable. Ella estaba en todo, tan excepcional que no se le pasaba ningún detalle, recordaba cual era la preferida de quien y los esperaba con los platos ya servidos. Mis amigas estaban completamente fascinadas. Le pedían que las adopte, la amaban. Mamá sonreía complacida.
Una madre así es lo peor que le puede pasar a un hijo. A ella no se le escapaba nada, no había forma de mentirle, de zafar. Con mi hermano pensamos que tenía informantes. Que llamaba a otras madres para preguntar si había prueba o si habían entregado las notas de algún examen. O que tenía algún contacto en el colegio. Que le pagaba al tipo de la garita para que le dijera si realmente nos acompañaba alguien a nuestra casa o si le mentíamos. Después nos dimos cuenta de que no. Que realmente sabía todo. Incluso creímos que era medio bruja. Que tenía algún poder maternal extraordinario que le permitía saber todo lo que hacíamos.
Por eso tomamos aquella determinación. Fue algo radical, pero era lo único que nos podía liberar. La idea surgió de repente, por pura casualidad, casi un llamado. Sucedió un domingo muy caluroso de enero. Mi mamá era adicta a tomar sol, y a estar quemada. Desde los primeros días de septiembre ella se adhería sobre la reposera y todos los días preguntaba:

-¿Me ves quemada? Pero díganme la verdad… ¿me ven quemada?.
Frase que comparte el primer puesto con:

-¿Estoy mas flaca? Pero mirame… -Y se levantaba la remera. -¿Vos me ves más flaca?

y la que escuchaba al menos una vez por semana.
-¡Me corte el pelo! ¿Te gusta?

-No se te nota mamá. Te están cagando en la peluquería- pensaba aunque nunca se lo decía.
En fin, este día de comienzo de año, mi madre tenía calor, mucho calor. Como ella a la pileta no se tiraba nunca, porque no sabía nadar, solamente metió los pies en el agua y con las manos se mojó todo el cuerpo. Todo esto mientras nos hablaba sin parar de sus alumnitos de jardín de infantes, obligándonos a escucharla y a interesarnos por su anécdota. Al pararse, se pego un patinón y estuvo a punto de caerse:

-Se imaginan si me caigo.- dijo.

Mi hermano y yo, sin ponernos de acuerdo, nos imaginamos.

El plan lo armamos muy rápidamente. No es que tuviéramos mucha inventiva. Íbamos a esperar hasta que la oportunidad se repitiese y mientras ella mojaba sus pies en el agua la empujaríamos dejando que se ahogue. Lo que teníamos que planear era nuestra excusa para no haberla salvado. Nuestra coartada. La mejor idea era que no estuviéramos ahí. ¿Como estar sin estar? Mi mamá nos tenía muy controlados. Un día de colegio no podía ser, alguien se iba enterar si habíamos faltado, además nos teníamos que hacer la rata porque ella nos dejaba en la puerta y nos iba a buscar. Un día de fin de semana papá estaría en casa y la salvaría. Un día de la semana a la tarde le podíamos decir que íbamos a lo de algún amigo y hacer cómplices. Pero, ¿qué amigo va a entender que querés matar a tu mamá?
De todas las ideas la mejor fue esperar el viaje anual de papá a Alemania. Teníamos todo enero para estudiar los movimientos y en febrero la matábamos. Había que aprovechar la mañana. Ella se despertaba a las 9 para agarrar el primer sol, el sano, y a nosotros nos dejaba dormir un poquito más, hasta las 10. A partir de las esa hora corríamos más riegos porque ella siempre sabía donde estábamos y que hacíamos.
El asesinato tenía que ocurrir sí o sí de 9 a 10. El tema es que durante esa hora sintiera tanto calor como para acercarse a la pileta.

Para no levantar sospechas durante enero, mientras papá todavía estaba en casa, investigábamos durante el día, alguno de los dos siempre trataba de quedarse cerca de ella, jugando a algo, haciendo alguna manualidad, leyendo un libro, o simplemente disfrutando del verano al aire libre.

Ella solía sentarse con los pies dentro del agua, mojarse el cuerpo con las manos, y echarse un poco para atrás, mirando el sol con los ojos cerrados. Así permanecía unos minutos hasta que se paraba lentamente y se volvía a dirigir a su reposera. Se refrescaba siempre del lado de la pileta en donde daba el sol, nunca a la sombra, por suerte a la mañana el sol pegaba en lo hondo.
En un mes se acerco veintiún veces a la pileta.

Cinco después de las 16 hrs. (entre las 12hrs y las 16hrs no tomaba sol, por la capa de ozono).
Ocho entre las 11 y las 12 y las restantes de 10 a 11.

La investigación concluyó que tendríamos aproximadamente ocho posibilidades de matarla.
Por fin llegó febrero y papá se fue de viaje. Nosotros debíamos despertarnos a las 9 todos los días, y durante esa hora en la que mi mamá nos pensaba dormidos, la íbamos a espiar y si ella quería mojar las patas íbamos a correr.
En la primera semana de 9 a 10 sólo se acerco 1 vez pero a la parte baja. Mi hermano y yo creímos, por un momento, que la oportunidad había llegado, pero no, había que seguir esperando. Para entonces yo estoy casi segura de que mi mamá lo supo todo. Fue una ilusión pensar que no se iba a dar cuenta que la mirábamos distinto y una tontería de nuestra parte no suponer que obviamente ella sentía cuando estábamos despiertos y todos los días estaba al tanto de que nos levantábamos una hora antes de lo normal. Si ella siempre sabía todo. Tal vez se sintió tan desilusionada que nos dejó seguir adelante con el plan.

10 días después de que mi papá se fuera de viaje mi mamá se acerco a la pileta, a la parte honda, e inició su ritual. Nosotros esperamos callados y apenas ella empezó a incorporarse salimos corriendo, los dos al mismo tiempo. Mamá nos escuchó y se dio vuelta, pero ya era tarde, estaba cayendo al agua. El primer golpe la hundió, casi hasta el fondo. Logro salir a la superficie pero no gritó, sólo nos miraba, y así se volvió a hundir, una y otra vez, tragando agua, pataleando y tratando de agarrarse a manotazos de nada. Mi hermano y yo nos quedamos parados, mirándola a los ojos todo el tiempo que ella quiso mirarnos y cuando dejo de ver, nosotros, la seguimos mirando. Tardo 25 minutos en hundirse definitivamente y quedarse en el fondo. Me imagino que ahí murió.
A las 10.34 llamamos a nuestros abuelos, ellos llamaron a la policía y a papá. Nos encerraron en un cuarto y nos abrazaron. Nos quedamos ahí, mientras sacaron el cuerpo, mientras firmaban papeles. La policía nos hizo pocas preguntas, si habíamos escuchado algún ruido. Nosotros no dijimos casi nada, el asesinato nos shokeó tanto que obviamente todo pareció producto de encontrar a tu mamá ahogada en la pileta. Nos dejaron tranquilos, nadie sospechó. Mi papá volvió de viaje y estuvo muy triste. La amaba mucho. Nunca entendí por qué. Cómo se llevaban lo bien que se llevaban. No era muy presente mi papá. Estuvo un tiempo con nosotros y después fue desapareciendo. Yo al poco tiempo terminé el secundario y me fui de mi casa. Me compre un PH con la herencia.


***

A LAS NUEVE EN SELQUET
Juan Manuel D'Emilio


Fue la misma noche en la que Montaner estaba a punto de llenar su decimocuarto Luna Park. De pura casualidad, me encontré caminando por la puerta del estadio, a la misma hora en la que pujaban por entrar todas sus fanáticas. Mi destino era el salón del Hotel Reconquista, a pocas cuadras, ahí donde bailaba Evita.
A las nueve no íbamos a llegar y entonces apuré el paso, tratando en simultáneo de entender la unión entre la música melódica y la señora mayor de cincuenta, pero me desvié en el análisis más profundo de la hipótesis, cuando observé, con detenimiento, como una de ellas desenrollaba con cierta ternura, una bandera que decía Ricardo Te amamos: Las chicas de Temperley. Ahí nomás, se superpuso en mi cabeza la imagen del paredón de la casa de Sandro en Banfield repleto de señoras ardientes y expectantes, pero rápidamente la imagen se esfumó y se transformó en un recuerdo de aquella noche de sábado en la que, con Evita y los hermanos Illuminatto, nos tomamos unas rayas en el Bingo de Lomas de Zamora, al mismo tiempo en el que Evita cantaba: línea!
Amor, deseo, dolor y cocaína, sucesiones de fragmentos, descargas eléctricas de pensamientos o la lógica romántica de la Zona Sur: todo basura concluí, y seguí a paso firme sintiéndome un reverendo pelotudo, que en vez de salir ocho, ocho y cuarto, se quedó colgado leyendo una vieja edición de la Cerdos y Peces, para llegar tarde, siempre.
Traté entonces de alejar la dispersión que se dispara en automático ante un estado de falta, y me concentré en buscar a Evita lo más rápido posible y así parar un taxi en la esquina de Sarmiento, para llegar a la Confitería Selquet nueve y cuarto, y media a más tardar.
Qué pesada Evita. La puteé agitado y en silencio durante toda la subida de Cangallo hasta Reconquista: nos teníamos que ir desde ahí hasta la otra punta de la ciudad, a sentarnos en esos sillones pardos de cuerina que aún conserva Selquet, a escuchar al grasa con hombreras de Rolando y sus promesas de Miami, en vez de caminar tranquilos, o ir hasta la Recoleta a tomarnos algo a lo de Camilo, y después pasar por el Morocco a ver qué pinta. Tarde, sí, tarde, me colgué, pero así es el calor del verano, le dije, y se me ocurrió que el calor del verano podía ser una buena canción de Montaner, una que hable de una señora de cincuenta que en la Pileta Municipal del Club Comunicaciones se desnuda con el encargado del Buffet, en una noche de tremendo calor en Buenos Aires, y hacen el amor en el agua, atormentados de cloro, bajo la luna Paternal, a la que le falta un pedazo en la punta de tanto fuego artificial que se echan en las noches de carnaval por Villa Ortúzar y aledaños.
Para cuando llegué, nueve menos cuarto, ya estaba terminado el ensayo y ella estaba en la puerta esperándome con esas tetas y esos labios, y esa cara de culo hermosa que tenía que me volvían loco.
Siempre tarde, me gritó Evita, y yo no la escuché porque estaba pensando en este tipo de boludeces que suelo pensar cuando me quiero evadir de la realidad y tengo que hacer algo que no me gusta como ir a ver al forro este de Rolando, y su promesa de Miami, que tan enganchada la tenía a Evita, que soñaba con cantar en el mismo estudio que grabó Gloria Estefan.
-Yo no tengo la culpa Evita si vos le decís a Rolando a las nueve en Selquet. Si terminás ocho y media, no le digas a las nueve. Decíle nueve y media por lo menos, cuando sabés que desde el microcentro hasta Selquet hay veinte minutos mínimo sin tránsito.
- Pero si el que sale de su casa tarde sos vos, no yo. Si yo estoy parada a la hora que te digo, en donde tengo que estar, para poder llegar a las nueve a Selquet, y vos no venís a la hora que te digo, mi cálculo está bien: el que llega tarde siempre sos vos!
Tenés razón, le dije, y nos quedamos mirando un rato para cada lado de Paseo Colón, que se hizo Libertador, ya cruzando ATC, subidos a un taxi aeroespacial, que con su velocidad, me transportó otra vez a la hipótesis de las mujer cincuentona adoradora de Montaner y su relación directa con la música melódica, mezclada con la fantasía de la señora en bolas en la pileta de Comu, y un fuego artificial que me pasó por delante del lóbulo frontal, reventando la yugular de Rolando, que siempre pero siempre se quiso y finalmente logró llevarse a Evita a Miami.
Estaba celoso. Eso pasaba. Evita estaba destinada a ser una estrella internacional, Rolando su mentor, y yo el boludo de turno hasta que uno de esos días se cruce con algún productor europeo, me cambie y me deje como un trapo en Miami, leyendo una Cerdos y Peces, en el aeropuerto, al cual seguramente habré llegado tarde, y entonces me deporten como refugiado, al grito de Viva Perón antes que Fidel.
Te quiero, me dijo y me aterrizó de ese segundo de fantasía y gloria que nunca sucedió en el aeropuerto. Estoy nerviosa, y se enredó en mi brazo y apoyó su cabeza sobre mi hombro. Tenía todavía restos de brillantina en las mejillas y eso la hacía un poco más infantil. Y esparcida sobre su cara perversa, iluminada y eterna, enfurecida y tranquila, bajo las luces de Buenos Aires los viernes a la noche, sentía que bailar pegados es bailar, igual que baila el mar…la amaba a Evita.
Traté de darle confianza para su reunión, pero a ella le sobraba, y le pidió permiso al taxista para fumar, que escuchando en el estéreo un tema de Perales, le dijo con un leve acento español, por supuesto niña. Miré la luna, y al verla igual que la que había en la pileta del Club Comunicaciones, casi como un presagio del final, el estado romántico se convirtió en escozor, en una picazón de la que me quise liberar pronto, y terminar ese viernes rápidamente en alguna disco ruidosa, un poco drogado, para poder continuar así con mis teorías dispersas, en épocas de revolcones con una Evita a la que todavía hoy extraño. A las nueve en punto, nos bajamos del taxi.

La unión entre la música melódica y las señoras de cincuenta reside en el paso del tiempo, en el inevitable paso del tiempo, que siempre llega puntual y nos deja escuchando un recuerdo que no volvemos a tener nunca.


***


TODO POR AMOR
Graciela Lasarte

1

Se fue dando un portazo. Antes gritó, -Con vos no se puede hablar, te enroscás, me enroscás…tu lengua es demasiado filosa. Habían acabado de desayunar, ella recordó el olorcito a leche que buscó toda la vida para conseguir el sueño, su cabeza tenía que quedar casi atrapada entre almohadón y respaldo de la cama, ésa era la mejor posición, o más bien la única posible

para llegar a quedarse dormida.

Su lugar preferido era la cama, Martín se dio cuenta y se lo echo en cara, además le quedó la angustia de saber que esa noche él podía no regresar a casa. Recordaba que antes, cualquier excusa lo devolvía al hogar

Bastaban cinco minutos de verlo para alegrarle la tarde, y al principio no paraba de adularla con regalos, como cuando apareció con un cajón de huevos de codorniz y estuvieron desayunando huevos una semana seguida.

Se enrosco en sus pensamientos y decidió tomarse un tiempo antes de pensar los próximos pasos a seguir.

El día estaba espléndido, el sol daba de lleno en la cama, la mañana se prestaba al descanso.

Unas horas más tarde, Martín decidió volver, afuera hacia frío. El día de trabajo le resultó agotador, muchos trámites y poco dinero, además los otros se habían puesto pesados, hacían preguntas, se querían meter en su intimidad .Martín sólo a ella le daba algunas explicaciones, el resto del tiempo prefería callar.

Abrió la puerta y no la vio, dio varios pasos, barrió el cuarto con la mirada, siguió buscándola en la cocina y en el baño, allí comenzó a sentirla cerca, sintió su respiración en la nuca y luego el frío abrazo de su piel húmeda y sedosa que lo fue envolviendo lento y constante, una vuelta y otra vuelta hasta que la respiración se volvió imposible, Ella lo fue devorando lentamente; primero la cabeza, luego los brazos y al final se reservo lo más sabroso, los pies.

2

Armó la telaraña con gran precisión, zigzagueante, rápida, sin perder un segundo, una vuelta y otra y otra; descansaba una milésima de segundo en el centro y volvía a trabajar. Así fueron los días previos al ataque mortal.

Vivía en una vieja casona heredada donde jamás había querido ocuparse de los quehaceres domésticos; odiaba la cocina y mucho más lavar la ropa. Por ese motivo todo se amontonaba en piletas y cestos desparramados en el patio.

En las noches de insomnio pensaba su estrategia: Para que él caiga en la tela tenía que tener algún cebo, no podía fallar. La victima estaba elegida, vivía cerca, lo había visto 3 veces, consideraba que este número era el de las vueltas suficientes para que el circuito estuviese en el punto de cierre.

Paralelamente la herencia se estaba acabando, no contaba con mucho en el banco, los intereses bajaban constantemente, y el plazo fijo ya no era un negocio tan jugoso.

Pero tenía una duda, como llegar a él, en realidad era cómo hacer que él cayera rendido a sus pies.

Al fin, tomo una decisión. Le entregaría la llave de su casa, esta muestra de afecto no fallaba nunca, entonces sí podría dar por acabada su labor.

Averiguó el teléfono pero siempre atendía su mujer o alguna de sus hijas. Esto la ponía de un humor acido, pero siguió insistiendo, era parte de su trabajo esto de ir y venir siempre con el mismo objetivo.

Lo abordó con una conversación certera, inoculando su discurso. Él no pudo negarse, y por eso ahora sonaba el timbre compulsivamente.

El corazón le latía fuerte, después de tanto tiempo había llegado el momento, su labor estaba por concluir,

Abrió la puerta, él atino a dar sólo 2 pasos, porque al tercero una espesa mata de pelos lo rodeó, quiso gritar pero no oyó sus gritos, quiso sacar la pierna de lo viscoso, fue imposible, quedó hecho una cruz, dibujado como una sombra del que fue sin poder resistirse a su seducción.



***

LA CAMARERA
Victoria O.

- Permítame presentarme, señorita, soy empresario de espectáculos -.

La joven de la barra está cansada y se apoya unos segundos sobre el mostrador. Guarda las bebidas que sobraron, tira las botellas vacías, limpia la mesada. Tiene el cabello lacio y rubio atado con un rodete, labios gruesos sin rouge y un lunar despintado en la mejilla derecha. Viste una casaca entallada de color negro hasta la cadera, con escote cuadrado y volado de encaje.

- ¿Qué desea beber? –

Detrás de la barra, abarcando todo el cuadro hay un gran espejo, donde se refleja, como en una vidriera, el tumulto de gente que puebla el bar: caballeros de galera, damas de sombrero, guantes, volados y catalejos, sentados en pequeñas mesitas, todos mirando al frente, hacia donde está ella.

En el espejo puede verse también la espalda de la camarera, aunque la inclinación de su cuerpo parece acentuada y el borde de su oreja izquierda destaca por su color rojizo. En el otro lado, como entrometiéndose desde el borde derecho, se asoma el reflejo de la cara de un hombre de sombrero, con bigotes anchos y una pelusita de pelo por barba.

- Solo quería conversar con Ud. un momento

- ¿Con qué motivo? –

- Conocerla y ofrecerle una oportunidad de salir de detrás de esa barra y entrar al mundo del espectáculo ..

- …. -

- ¿No le interesa saber qué tengo para ofrecerle? –

La joven se da vuelta, dándole la espalda al hombre, cuya imagen sin embargo, se empeña en permanecer en el espejo, como una sombra estática. Le duelen los pies, la noche se está haciendo eterna y la clientela del bar se le antoja más frívola que de costumbre.

De pronto, al incorporarse por detrás del mostrador luego de agarrar una nueva botella de champagne, se sobresalta al verse enfrentada otra vez a ese hombre que había dejado de ser un reflejo, para corporizarse en carne y hueso.

- No quise asustarla –

- ¿Qué le sirvo? –

- Una copa de champagne

- Como guste –

- Una de mis bailarinas se accidentó y no puede continuar el show, necesito reemplazarla y el dueño del bar me dijo que Ud. baila muy bien-

- No insista por favor …-

- Se lo ruego. Piénselo. En seguida vuelvo.-

El hombre se marcha, y esta vez su imagen desaparece.

La joven, que ya no está detrás de la barra del bar, ya no viste casaca negra, sino un ajustado corset rojo de escote triangular. La falda ya no es gris sino roja, verde y amarilla, desbordada de lentejuelas. Las enaguas, superpuestas unas sobre otras, medias negras, ligas, zapatos de charol. Los labios con rouge y un lunar artificial en medio de su mejilla derecha.

La música se desliza con movimientos ascendentes y descendentes por su columna vertebral, haciendo encender todos sus sentidos. Poco a poco la melancolía va cediendo paso a la excitación, la nostalgia transmuta en ansiedad y siente que pierde el control de su cuerpo. Se entrega a la danza, se concentra en los pasos que la llevan a levantar y bajar las piernas alternadamente al compás de los acordes exagerados del can can. Los personajes de circo que la rodean, equilibristas, enanos, arlequines y gordas barbudas, no logran opacar su presencia.

Cada tanto echa una mirada curiosa hacia su barra, se busca en el espejo, pero no se encuentra. Se desplaza de un lado al otro, buscando el mejor ángulo de proyección, pero no se ve. El espejo parece no querer reflejar los colores estridentes de su ropa. Se desespera, ya no sabe donde está ni que vida quiere asir.

De pronto logra ver a una mujer joven detrás de la barra. Cansada, apoyada sobre el mostrador, vestida de negro. Atrás, desde el borde derecho del cuadro se entromete la imagen de un hombre de sombrero, con bigotes anchos y una pelusita de pelo por barba.





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