7.1.10

PM

LA MARCELA
Patricia Feldman

Parecía tan calladita, tan tímida, por eso me anime a llevarla conmigo, pero resultó ser una mosquita muerta.

Cuando llegamos a la pensión le dimos la piecita del fondo, se la pintamos de rosa entre todas para que se sintiera bien la yegua.

Empezó a trabajar conmigo, le armamos un ajuar para que tuviera qué ponerse, la valija que se trajo era una bolsa descolorida con dos bombachas y algunos trapos viejos.

Me rogó que la sacara de allí, que la trajera conmigo, que se iba a portar bien.

Me hizo acordar a cuando yo empecé, nadie me dio una mano, cuando volvía a mi casa me daban vuelta la cara, hasta que no pude más y me fui, inventé mi propia familia, las chicas, no quería que ella tuviera que pasar por lo mismo, tendría que haber dejado que se pudriera allí.

A la tarde cuando salíamos de la pensión andaba con la cabeza gacha, ni se animaba a mirarle la cara a los clientes que le conseguía, con el tiempo fue ganando confianza con ese jueguito de virgencita tímida que le hacía a los tipos.

Empezó a conocer el barrio, a conseguir clientes sola, a arreglar su pieza, a juntar plata para ponerse tetas.

Se hacía la boluda a la hora de limpiar el baño que compartíamos, no quería romperse las uñas.

Un día me avisó que se operaba, con esa cara de guanaca que había echado, que se ponía las tetas, con el cirujano de la Pocha. La miré con odio, no sabía que la Pocha tenía un cirujano le dije.

Cuando se recuperó convenció al dueño de la pensión que le diera la pieza de adelante. Ahora con las tetas voy trabajar más, le dijo.

Se había convertido en algo que los hombres ansiaban, una mina calladita, con un buen par de tetas y un terrible facón entre las piernas.

Nos miraba a todas con desprecio y ya no salía a buscar clientes a la calle, los tipos venían a su pieza.

Las chicas me odiaban, me lo tenía merecido, se había vuelto la reina de la pensión.

Ya no tomábamos mate juntas, en el patio, al que habíamos pintado de verde y el cual habíamos llenado de macetas coloradas y enanos de jardín para darle eso, que hacÍa de esta antro un hogar. No hablábamos de pilchas ni de machos, sólo la yegua era tema de conversación.

Un día nos reunió para decirnos que se iba de la pensión, que se había puesto de novia con un diputado, que el tipo estaba loco con ella y le iba a poner una casita en Colegiales.

Nos reímos como locas que somos y le dijimos que a todas alguna vez nos habían prometido lo mismo.

El sábado a la mañana un auto oficial vino por la Marcela, salió de su pieza hecha una diosa, tiró un par de besos, me agradeció haberla traído y se subió con su valija Luis Vuiton trucha al auto oficial.

Salimos a la vereda a verla partir, nos miramos y entramos como antes a tomar mate y pintarnos las uñas.

La paz había vuelto al country.



***

EL NUEVO ORDEN
Roberto Rebolino

La primera vez que entré a la cúpula sentí que era el lugar que buscaba. Oscura, con olor a humedad y un sillón negro en el centro. También encontré unas revistas viejas en el suelo y me distraje mirando las fotos.

Llegué por casualidad. En una charla improvisada, el portero me habló del lugar y al ver que yo mostraba interés empezó a comentar algunos detalles; todos llevaban a lo mismo, estaba mugrienta y abandonada. Le pedí permiso para ir de vez en cuando y el pareció ponerse contento, fue a buscar la llave apurado y la puso en la palma de mi mano sonriendo.

A Mercedes le decía que estaba ayudando al consocio a poner un poco de orden arriba y que no me esperara a cenar. Ella nunca se enojó pero sí daba signos de preocupación, sin fundamentos para mí. Decía que no le gustaba el portero y le incomodaba que yo lo ayude. Y yo siempre lo mismo “no te preocupes, cuando llego, te voy a dar un beso a la pieza”. Me fui llevando cosas que ella no extrañaría pero que iban a ser esenciales allá arriba: una botella de whisky, discos viejos, una manta, una cámara de fotos, cosas tan antagónicas como necesarias.

En la cúpula encuentro todo. Me desahogo, mi timidez desaparece. Hablo pensando que delante de mí tengo a mucha gente que odio y les muestro lo bien que canto con mi guitarra invisible y mi voz muda. Todo lo que hago, por más trivial que sea, es algo genial e irrepetible.

Las tardes se hacían eternas en la oficina, me sentía impaciente y caminaba apurado de vuelta a casa en medio de manifestaciones que se multiplicaban día a día y que soñaban con la caída del gobierno de turno. Lo cierto es que nada de eso me importaba demasiado, sólo quería llegar y armar historietas con fotos viejas o castillos de cartas

Un día, al volver del trabajo noté que la puerta estaba abierta. Entré sin hacer ruido y vi a un hombre con un traje negro que miraba hacia afuera por una ventana circular. Se dio vuelta lentamente y me dijo que era delegado de la Secretaría de Bienestar Social y Buenas Costumbres de la Nación y que venía en nombre del subsecretario a hacer un reordenamiento. Quise hablar con el portero, pero nadie contestó en su casa. No entendía nada y no me había caído simpático el intruso que seguía arriba.

Subí y encontré al delegado con un compañero. El primero me palmeó la espalda y me pidió que le indicara por dónde podrían empezar a ordenar. Pero yo me sentía bien con el lugar como estaba, no quería alterarlo. Se sentaron en el sillón mientras hablaban entre ellos.

- Estuviste bien en la casa anterior. No hubo humo ni gritos, eso siempre es bueno.

- Es lo que mejor hago – contestó el de traje negro sonriendo de manera sarcástica y mirándome fijo.

Siguieron hablando hasta que alguien golpeó la puerta. Era otro de sus compañeros. Tenía la cara muy pálida. Me dio la mano y preguntó por qué no se había empezado con el relevamiento de las cosas que había en la cúpula. Unos segundos después entraron tres personajes tan particulares como los que estaban dentro. Se organizaron, asignaron sectores a cada uno y se pusieron a trabajar. Yo miraba sin poder creer lo que veía.

Cambiaron algunas cosas de lugar, pero la mayoría, las metían en bolsas negras que tenían un cartel que decía “PDA”. Guardaron mis historietas, el único libro que tenía, mi pipa y varias cosas más.

- Listo, no queda nada por mover y ya guardamos lo que no hacía falta. Gutiérrez, por favor, avisale a los muchachos que ya pueden subir todo.

Gutiérrez salió apurado mientras el resto comentaba donde iría cada cosa. Unos segundos después llegaron de abajo un televisor gigante, una mesita viejísima, algunos libros, dos niños y una mujer cansada y con los ojos desorbitados.

- Qué me cuenta? Quedó lindo, no?- me preguntó el del traje negro.

- La verdad es que no entiendo nada.

- Para esto está la Secretaría, para armonizar su vida. Mire que lindo televisor que le hemos traído! Y también ahí tiene libros de mi autor favorito, el mes que viene le traeremos más.

- Y la mujer con esos chicos?

- Se van a quedar con usted.

Me quedé mudo, moví las manos pero las palabras no me salían. La mujer trataba de consolar a los chicos. Les secó las lágrimas con su dedo índice. Se calmaron sólo cuando ella se puso a cantar una canción de una locomotora.

- Bueno mi amigo, nos tenemos que ir. Gutiérrez pasará todos los jueves a revisar que todo esté en orden, cualquier cosa que necesite, se la pide a él. Después le alcanzamos un catalogo con los artículos permitidos así lo respeta y no tenemos que volver a llevarnos un PDA. Hasta luego.



***

SÓLO EL AMOR SALVARÁ AL MUNDO
Maggie Amaya


Más abrazados imposibles. Hay manos que salen de los cuellos, de las caderas, que aplastan y sudan mientras bailamos al compás de los rieles, donde me tocan el culo y no puedo decir nada, porque en realidad yo también estoy tocando un culo totalmente anónimo, seguimos bailando y trato de leer algo del libro que sostengo en lo alto para no lastimar a la niña que llora y moquea dejando un hilo transparente como de babosa en las pieles de alrededor.

Lo mismo.

Una estación más. Un capítulo interrumpido. La gente se mira como empezando a reconocerse, a decir, esa es mi teta, este es mi codo, anatomía pura.
Y entonces te veo. Tan cerca, tan pegado a esa gorda que sé lo que estas pensando. Así de cerca estuvimos la última vez. Ahora tres personas se nos interponen, y este no es tu brazo, sino el de este viejo, y esa panza que tocás no es la mía.
Balanceo mi cuerpo hacia vos, logro sortear a dos personas quedando la gorda como jamón crudo y vos y yo.
Ya puedo olerte, entre el plusbel del pelo enrulado del jamón, distingo lo limpio que estás a pesar de este calor. Ya se ven vestigios de una barba oscura, hoy toca afeitarse, siempre tan arreglado, tan entrevista laboral. ¿Contador? ¿Abogado? Poco traje para eso, ¿cadete?, demasiadas pinzas en tu pantalón, quizás tan sólo un estudiante. Que vas a Legacy, seguro; no me cabe duda. 3 o 4 hermanos, todos varones, pero sé que sos el mayor. Esa seguridad de primogénito, esa camisa planchada de madre orgullosa y ese olor… Nada de cigarrillos, sí un poco de alcohol por las noches escuchando reggaeton. ¿Reggaeton? Si, lamentablemente sale de ese auricular Daddy Yankee con toda su destreza. Yo sé bailar muy bien, pero hoy a la noche no puedo.
Pero sé que te voy a volver a ver. Lunes y jueves. Como las clases de gimnasia. Ahora me tengo que bajar y saltear a todos los demás. Te voy a extrañar. Mirame una vez más. Así. Así.
Y cuidado con la gorda, no te le vayas a tirar.


1 comentario:

  1. se ve q viajas en el mitre de retiro-tigre. detalles impecables de quien viaja apretado muchas veces. muy buena tu historia.

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